25/05/2016
Te Deum 25 de Mayo 2016 en San Juan

Construyendo la “casa común”

Fue el eje de la homilía que el Arzobispo de San Juan, Alfonso Delgado, desarrolló en este 206º aniversario de la Patria.

25 de Mayo 2016 - Te Deum – Homilía de Alfonso Delgado, Arzobispo de San Juan

 

Construyendo la “casa común”

 

         "La geografía de San Juan tiene semejanzas con la tierra que pisó Jesucristo, especialmente en sus paisajes casi desérticos. La enseñanza de Jesús que hemos recordado, sencilla y llena de sabiduría, expresa con imágenes ese paisaje que contemplaban sus ojos. Le sirven para hacernos notar la diferencia entre edificar una casa (o una vida) apoyada en roca firme, o hacerlo en terreno blando y arenoso. La primera casa podrá resistir los torrentes y las inclemencias del tiempo y de la vida. La segunda, será difícil que se mantenga en pie cuando arrecien las dificultades.

            Podemos comparar nuestra Patria y nuestra sociedad a una casa grande de familia que con esfuerzo construimos entre todos, y que debe cobijar a todos los argentinos. Las peripecias en la construcción de esta “casa común” se expresan muy bien en los acontecimientos fundacionales de la vida del país.

            Hace seis años comenzamos a celebrar nuestros grandes Bicentenarios, que culminarán el 9 de Julio, al cumplirse 200 años de la Independencia argentina. San Juan tendrá, el año próximo, otro bicentenario extra: el del Cruce del Ejército de los Andes por la Cordillera sanjuanina para llevar y apoyar la independencia de países hermanos. Esto fue posible gracias a la Declaración de nuestra Independencia.

          El primer grito de libertad del 25 de Mayo de 1810 está asociado al edificio del histórico Cabildo ciudadano. Y la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas de América del Sud está íntimamente unida a una casa de familia: la Casa de Tucumán y el recinto donde aquellos patriotas se animaron a proclamar la soberanía de la Nación. Ambas imágenes nos hacen pensar nuestra Patria como “casa”, pero “casa” de todos los argentinos.

          Han pasado dos siglos. Tenemos sobrados motivos para entonar el Te Deum, Himno de Acción de Gracias a Dios, por nuestra Nación argentina y por su gente. Y, también, para plantearnos ante la mirada luminosa del Dios de la verdad, cómo hemos sabido edificar la casa común, y cómo lo estamos haciendo en el tiempo presente.

            Es difícil que un país se derrumbe totalmente. Pero acuden a nuestra memoria imágenes de pueblos devastados por guerras o, como en nuestro caso, por desastres naturales. El desafío actual es consolidar un país firme y estable, que cobije los anhelos y las esperanzas de todo el pueblo argentino. Estos fueron los ideales de quienes forjaron la Nación. Este sueño lo llevaron a Tucumán –como lo recordaremos pronto- los Diputados sanjuaninos que tan bien nos representaron: Fray Justo Santa María de Oro y Francisco Narciso Laprida.

         ¿Cómo trabajamos en la solución de los problemas del país y de sus provincias, municipios, e instituciones de bien público? ¿Lo hacemos evitando la mirada miope de quien sólo aspira a un beneficio para una facción o para un grupo de intereses? ¿Sobre qué bases firmes ejercemos nuestras responsabilidades sociales y nuestra conducta ciudadana? Si de verdad somos “constructores de la sociedad”, lo haremos cimentados en el más profundo respeto a la Constitución y a la ley. Es el único camino.

         ¿Pensamos alguna vez en la enorme satisfacción de culminar una tarea o un mandato ciudadano pudiendo ofrecer al pueblo un mayor bien social? Nuestros aportes al bien común, grandes o pequeños, ¿ayudan a fortalecer el crecimiento social del país y a resistir los desafíos de cada época?

            El año pasado recordé que por cada obispo de San Juan había habido 11 ó 12 gobernadores hasta que, hace pocos años, la Provincia comenzó a consolidarse institucionalmente. Algunos se sorprendieron de ese dato y de inmediato lo asociaron a la falta de horizontes y de crecimiento sostenible que padeció San Juan durante largo tiempo, y que gracias a Dios pudo comenzar a revertirse. El resultado está a la vista.

            En esa misma línea, un día calculé cuántos Presidentes de la Nación han gobernado el país en los años que llevo de vida. Son 32 presidentes (de los 54 que tuvo el país). Durante estos 73 años, cada presidente sólo gobernó un promedio de dos años y tres meses. Solamente seis pudieron concluir sus mandatos con cierta normalidad; tres presidentes tuvieron que renunciar; cuatro fueron depuestos y uno falleció. Asimismo, hubo siete gobernantes transitorios debido a graves problemas institucionales, y once gobernantes “de facto”. Esto explica buena parte de las decadencias argentinas, etapas de una historia no lejana en las que no supimos resistir los embates del momento y dejamos de construir la casa de todos. Y lo penoso es que esos descalabros fueron generando como una especie de “subcultura” social que busca solamente el propio interés y se encoge de hombros ante las necesidades del pueblo argentino. Y al igual que la lluvia, esta “subcultura” cayó de arriba hacia abajo.

           Argentina es un país hermoso y promisorio, rico en recursos naturales y humanos, con mucho futuro para ofrecer a sus hijos y al concierto de las naciones. Pero hay que reconocer, también, que es un país empobrecido, con cuantiosas deudas sociales como la marginalidad, la pobreza y la exclusión de muchos hermanos, con confrontaciones estériles, con fragilidad en el empleo, especialmente en el trabajo precario. Y, sobre todo, tenemos un virus dañino muy difícil, pero no imposible, de erradicar: el virus de la corrupción, especialmente en dirigencias políticas y sociales. Un virus generador de más pobreza y miseria para los más desprotegidos. Para un país, la corrupción es como ese salitre que corroe los cimientos y paredes de una casa y termina dañando toda la construcción.

            Un daño similar provoca el crecimiento del narcotráfico y el consumo de drogas, que destruye vidas y cerebros, especialmente entre los jóvenes, y se refleja en el abandono escolar, embarazos prematuros, muertes evitables y, en definitiva, en más exclusión social y marginalidad.

            Ante estos 200 años de historia y el ejemplo de quienes comenzaron a edificar la Nación, debemos preguntarnos cómo trabajamos ahora para seguir construyendo la “casa de todos”, apoyados en la roca firme de la fortaleza moral y la calidad de las instituciones, en el respeto de las leyes y de las normas constitucionales, en el trabajo responsable y honesto alejado de toda corrupción y la mirada puesta en el mayor bien real de todos los argentinos.

           Detrás de nuestras acciones ciudadanas hay muchos hermanos que anhelan un trabajo digno, que quieren crecer en democracia, desean consolidar sus hogares y progresar material y espiritualmente. Vale la pena vivir y trabajar para una casa común así, sólida y digna para todos.

           Los argentinos tenemos necesidad de dejar atrás el “chiquitaje” de los conflictos y enfrentamientos estériles que nos debilitan y empobrecen, y hasta nos llevan a mezclar, de modo insólito, la noble figura del Papa Francisco, líder espiritual del mundo, con nuestros habituales conflictos y tonterías pueblerinas.

            “Argentinos, ¡a las cosas!”, nos decía con afecto el gran Ortega y Gasset, un buen amigo de Argentina. Lo expresaba con cariño y dolor, porque no nos veía empeñados en construir un país sobre bases firmes.

         Creo que todos percibimos que es hora de trabajar mucho y bien por el bien de un país federal, republicano y democrático, donde brille plenamente la división de poderes, con honestidad a toda prueba, la mirada puesta en los menos favorecidos y ganas de resolver los problemas estructurales que aquejan al país.

            Hay mucho que hacer por el mayor bien de todos (mucho más que por el bien propio); hay mucho que aprender de países hermanos que supieron enfrentar desafíos parecidos o mayores; hay mucha humedad que erradicar en muros y cimientos; hay muchos hermanos que necesitan poder crecer con más dignidad. Es tarea de todos los argentinos, especialmente de la clase dirigente, hombres y mujeres con más responsabilidades que otros en la gran “casa común”.

            Ante Dios, ante nuestra conciencia y ante la mirada de nuestros conciudadanos, entendemos que éste debe ser el compromiso y el mejor homenaje a nuestra Patria bicentenaria. Las grietas de sus muros pueden repararse y los cimientos pueden consolidarse con dialogo y consensos en políticas de estado. El país puede avanzar hacia una construcción sólida, los argentinos podemos resolver los problemas y seguir creciendo en el buen camino. ¿Estaremos dispuestos a realizarlo, con plena e íntima convicción? Pienso que sí, y también pedimos esta fortaleza ciudadana a nuestro Padre Dios. Argentina y San Juan tienen reservas humanas y ciudadanas de gran valor y espíritu joven. Es hora de sacarle provecho a esas reservas valiosas.

            No olvidemos la sabia enseñanza de Jesús: el que escucha estas palabras y las pone en práctica es el hombre sensato que supo edificar su casa, su familia y la gran familia social sobre la roca fuerte de la verdad y la justicia, la honestidad, la solidaridad y el trabajo ciudadano responsable. Y con mucha fe en Dios, que nunca ha dejado de acompañarnos con su misericordia, hagamos nuestra la sugerencia de Francisco: “PONGÁMONOS LA PATRIA AL HOMBRO”. Que así sea.

Arzobispo de San Juan, Mons. Alfonso Delgado
Arzobispo de San Juan, Mons. Alfonso Delgado

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