OSSE: Restringido de 11 a 17
26/12/2008
En Jáchal

Barrick financia la restauración de la estatua de Lola Mora

La escultura, de mármol de Carrara, de Narciso Laprida, ubicada en la Plaza San Martín del departamento norteño, se encontraba en un avanzado estado de degradación. Especialistas de Tucumán trabajan en su recuperación.

La ciudad de Jáchal atesora una de las diez esculturas en mármol más importantes del país, obra de la genial artista argentina Lola Mora. Y ahora está siendo restaurada a partir de una iniciativa de Barrick y la Universidad Nacional de San Juan.

Ubicada en la plaza “General San Martín”, se trata de una figura de cuerpo entero de Francisco Narciso Laprida, patriota sanjuanino que tuviera el honor de presidir en 1816 el Congreso de Tucumán. En la actualidad, la obra se encuentra notablemente deteriorada a partir de las inclemencias naturales de la exposición al aire libre, pero además por haber sido pintada hace muchos años, con la loable intención de protegerla, pero desconociendo la agresividad química de los productos utilizados.

Ante esta situación, los investigadores del Centro Nacional de Relevamiento, Registro y Documentación del Patrimonio Cultural (dependiente del Rectorado de la UNSJ) y del Centro de Creación de Artes Plásticas y Museo Tornambé (de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes, también de la UNSJ) dieron la alarma acerca de la necesidad urgente de someter la obra a una restauración minuciosa.

Fue cuando Barrick, consciente del valor patrimonial, cultural y social que representa este bien para la ciudad de Jáchal, y teniendo en cuenta la trascendencia de su autora y de Laprida, decidió encomendar el proyecto a la Fundación de la UNSJ. La empresa aportó los medios necesarios para la contratación de los especialistas y la adquisición de los insumos específicos. Por su parte, la Municipalidad de Jáchal aprobó la intervención y facilitó la tarea de los expertos.

“Barrick tomó contacto con el problema en el año 2005, y de inmediato resolvió apoyar los trabajos de recuperación en función de nuestra filosofía de Minería Responsable. A partir de ese momento, Grizas y Rosso se dedicaron a buscar al mejor especialista para que se hiciera cargo del proceso. Luego de varias consultas, supimos que la persona más recomendable en la Argentina estaba en Tucumán. Se trata de la profesora Beatriz Cazzaniga, catedrática de la Universidad de Tucumán, artista plástica, especialista en restauración en piedra y estudiosa de la obra de Lola Mora”, explicó Miguel Greco, superintendente de desarrollo sustentable de Barrick.

Como parte de su concepción responsable de la minería, Barrick lleva adelante programas de apoyo a las tradiciones y culturas locales, ámbito en el que se inscribe este tipo de iniciativas para preservar el legado artístico de las comunidades vecinas a sus operaciones y proyectos.

El arquitecto Eduardo Grizas, titular del Centro de Patrimonio Cultural, explica que el camino en pos de la protección de la escultura comenzó en el año 2000, cuando se solicitó que se la designara Monumento Histórico Nacional.

“Lamentablemente, esa iniciativa no tuvo respuesta favorable, como así tampoco el intento de declararla Bien de Interés Cultural de la Nación. Por si fuera poco, en ese momento la Municipalidad de Jáchal, arreglando la plaza, le puso una mano de esmalte sintético blanco, afectando gravemente el mármol de Carrara”, dijo Eneida Rosso, directora del Centro de Creación de Artes Plásticas, agregando que la obra estuvo mal expuesta desde un primer momento, porque se recomienda que las piezas de mármol estén a resguardo en interiores.

Trabajo en etapas

En el 2005, ya con la profesora Cazzaniga al mando de los trabajos, se comenzó con una primera etapa de dimensionamiento del problema. En el 2006 hubo una segunda etapa, con un análisis químico de la pintura depositada sobre la obra. Además, se realizaron los primeros cateos, los estudios ambientales y se emitió un informe sobre la situación.

En el 2007, en una nueva visita de la profesora, se analizó el deterioro superficial que tenían las distintas áreas del mármol. En esta tercera etapa se hizo una remoción piloto de la pintura con un producto muy sofisticado de origen italiano, formulado especialmente para este tipo de problemas.

“Se coloca con compresas, en un ambiente controlado. Es un trabajo sumamente delicado. La idea es que al remover esto no se produzcan daños sobre la superficie; es decir, que al retirar la pintura no se arrastren partículas del mármol. Se trabaja con precisión micrométrica”, explicó Cazzaniga.

La profesora vino con un asistente restaurador, Daniel Martínez, y juntos se encuentran actualmente en plena tarea. Para ello instalaron un sistema de andamios de dos pisos que rodea totalmente la estatua y les permite acceder directamente a cualquier zona de la obra. Se calcula que el proceso completo va a durar unos 30 días, dependiendo del estado del mármol oculto bajo la película de pintura.

Una obra excepcional

La pieza fue esculpida en mármol de Carrara, aproximadamente entre los años 1906 y 1907 por la prestigiosa artista tucumana. Desde entonces, la obra transitó un tortuoso derrotero, hasta finalmente encontrar destino en la plaza jachallera.

Ocurre que originalmente la estatua integraba el Conjunto Cuatro Presidentes de la Legislatura, diseñado para embellecer la rotonda central (“Salón de los Pasos Perdidos”) del Congreso de la Nación. El grupo escultórico fue instalado en 1907 y homenajeaba a Facundo Zubiría, Carlos María de Alvear, Mariano Fragueiro y Francisco Narciso Laprida.

Pero Lola Mora representaba de algún modo el poder que habían tenido Roca y Mitre a finales del siglo XIX (sobre todo con el primero tuvo una relación muy cercana), lo que chocaba directamente con la oligarquía de principios del XX. Fue así que la artista, y por consecuencia su obra, no tardó en ser fuertemente cuestionada, sufriendo una suerte de persecución y ocultamiento en la Argentina, al mismo tiempo que en Europa su prestigio crecía exponencialmente.

El Conjunto Cuatro Presidentes terminó en un depósito municipal en el año 1915, junto con los grupos alegóricos y los leones destinados a la fachada del edificio del Congreso. Luego de varios años, las partes fueron entregadas por separado a las provincias de las cuales los presidentes eran oriundos. Así, en 1923 la escultura de Facundo Zubiría partió a Salta, en 1929 Alvear fue a Corrientes, en 1930 la figura de Narciso Laprida llegó a San Juan, y Fragueiro desde 1956 está en la ciudad de Córdoba.

La estatua de Laprida fue instalada, primero, en el Parque de Mayo, luego del terremoto de 1944 pasó a un depósito municipal, y en 1952 quedó emplazada en Jáchal. Es una imagen de un Laprida juvenil, sin el bigote que conocemos. “Se trata de una obra muy refinada, se le notan hasta las arrugas de las medias. Por eso el trabajo de restauración que se está haciendo sobre ella tiene trascendencia nacional. Con esto Jáchal podría tener un foco de atracción turística interesante, y también sería importante desde el punto de vista educativo, ya que, como ocurre con toda obra clásica, da para tematizar ampliamente”, consideró Grizas.

Los especialistas entienden que la recuperación del monumento debe venir de la mano de una puesta en valor del entorno; esto es reforzar la base, analizar la situación de la plaza en general y encarar una estrategia cuidadosa de comunicación cultural.

La restauradora

Beatriz Cazzaniga es una joven de 68 años, que sube y baja por los andamios con naturalidad de niño. Nació en Milán, Italia, pero desde los 9 años vive en la Argentina, primero en Salta y luego en Tucumán. Es artista plástica (trabaja en bronce y plata) y profesora, pero se la conoce en los ámbitos académicos como la restauradora más prestigiosa del país. De su currículum basta citar un par de párrafos para dimensionar su autoridad en el tema: en el Instituto Central del Restauro de Roma realizó trabajos sobre sarcófagos etruscos y estatuas del siglo III; y participó con la Universidad de Boloña en la recuperación de restos arqueológicos de la ciudad de Suassa (siglo I) y del Palacio Comunal de Siena, entre otras muchas acciones. En Tucumán dirigió la restauración del monumento "La Parábola", de Pompilio Norry; en Jujuy la restauración, control general y limpieza del monumento "La Paz", "La Libertad", "El Trabajo" y "Los Leones", de Lola Mora, e intervino en el monumento al doctor Juan Bautista Alberdi, de la misma autora. Entre 1998 y el 2003 realizó diecisiete intervenciones operativas en diversas obras de Tucumán, y el asesoramiento y dirección técnica desde el 2001 al 2003 en el monumento al General Alvarez de Arenales, en Salta.

Encaramada a la estatua de Laprida, munida de lupas, máscaras de gas y guantes, semeja un cirujano a punto de practicar una operación a corazón abierto. “Esto que se ve aquí es una carie en el cristal del mármol –dice señalando con una gubia hacia un punto marrón-. Es probable que encontremos hongos, incluso la pintura tiene espesores variados, por lo que habrá que trabajar diferentes concentraciones de productos”. A la vez, su asistente quita con delicadeza una araña que estuvo a punto de descolgarse sobre el pelo ensortijado del prócer.

Cazzaniga dice que, por más que la restauración sea exitosa, la estatua deberá recibir un mantenimiento periódico y ser puesta bajo el resguardo de un techo. “En Europa no quedan mármoles como éste al aire libre –añade-. Todos han sido llevados a museos”. Trabaja a partir del crepúsculo, porque dice que los productos químicos actúan mejor a temperaturas moderadas. Visto desde la plaza, el andamiaje y la cobertura de tela iluminados por dentro semejan una burbuja brillante suspendida en el aire. Abajo, en la calle, el rumor de Jáchal sigue su rutina de cada noche.


Quién fue Lola Mora

Dolores Candelaria Mora Vega de Hernández, más conocida como Lola Mora (1867/1936), fue una mujer notable para su época. Ya reconocida como una gran retratista, en 1897 viaja a Europa con una beca acordada por el gobierno nacional, y al año siguiente comienza a estudiar con Paolo Michetti y con el escultor Monteverde.

En 1899 obtiene medalla de oro en la Exposición de París con un autorretrato, y en 1900 recibe su primer gran encargo: dos bajorrelieves para la Casa de Tucumán. Además le es aceptada la propuesta de realizar una fuente para la Plaza de Mayo. Viaja a Roma, donde instala un gran taller. Dos años más tarde llega a Buenos Aires un embarque con las piezas de mármol correspondientes a la fuente, y un boceto suyo gana el concurso de un monumento a la reina Victoria organizado en Melbourne, Australia.

En 1903 es inaugurada la fuente, conocida como “de las Nereidas”, en Leandro N. Alem y Cangallo; no es puesta en la Plaza de Mayo por considerarse que sus escenas de desnudez eran ofensivas frente a la catedral. A partir de entonces concretará diversos monumentos, como, entre otros, el de Aristóbulo del Valle, el de Alberti y la estatua de la Libertad para la ciudad de Tucumán. Por si fuera poco, gana el concurso para un monumento al zar Alejandro I en la ciudad de San Petersburgo.

En 1906 se inaugura el edificio del Congreso Nacional, con dos grupos escultóricos suyos. En 1908 gana el concurso para el monumento a Avellaneda, y en 1909 se elige su boceto para un monumento a la Bandera para la ciudad de Rosario. El 22 de junio se casa con Luis Hernández Otero, de quien se separa ocho años después. Tiene una muy buena posición económica, y construye en Roma una mansión en la que instala su estudio, muy frecuentado por la nobleza y hasta por reyes; hoy funciona allí un banco.

En 1915 sus opositores en el poder comienzan a dispersar su obra. Ella intenta supervisar el nuevo destino de cada pieza, a la vez que realiza encargos para familias de la aristocracia. Poco a poco se aleja del arte; incursiona en la novedad del “cinematógrafo”, por ejemplo, pero lo más notable es su giro de 180 grados hacia la minería, actividad de la cual se la considera “mujer pionera” en el país.

Si bien tenía ya 60 años, estaba convencida de la riqueza del subsuelo salteño en metales nobles y petróleo, que pensaba obtener de los esquistos bituminosos (rocas negras muy ricas en materia orgánica).

Todavía se conservan en las quebradas de Cueva del Negro y Las Bateas restos de los socavones de explotación y de los rudimentarios hornos que fabricara Lola Mora con ese fin, a pesar del mito que prohíbe el ingreso de mujeres a las minas. También buscó oro en la quebrada del Toro y en la Puna, donde pidió cateos ante la sospecha de que podía encontrar algo importante ya que esas minas habían sido explotadas por los indígenas y luego por los conquistadores. El tiempo le dio la razón: décadas después se descubrió allí un importante depósito cuyas reservas se estiman en varios miles de toneladas. Pidió además concesiones por azufre en el volcán Quevar.

En una carta a un amigo, escribió: "¿Sabía Ud. que he dejado el arte? Pero no la naturaleza. Asómbrese, me ocupo de petróleo, de minas de oro, de esquistos, aquí en las montañas de Salta. Trabajo mucho, a pesar de la indiferencia criminal de nuestros gobiernos para la explotación de las riquezas del suelo. Siento en mi laboratorio, entre mis aceites minerales, la misma emoción que sentía en mi taller de escultora".

Lola Mora murió en la absoluta pobreza en Buenos Aires en 1936, luego de haber perdido todo en su aventura minera. Un año antes el Congreso de la Nación le había otorgado una humilde pensión de 300 pesos mensuales, para ayudarle a mitigar la miseria.

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